- El monstruo asintió sonriente, mostrando todos sus colmillos. Jack se tranquilizó levemente. Greyback era compañero suyo. No le haría daño. O eso creía. El peludo brazo de Greyback impactó contra su pecho, lanzando a Jack varios metros atrás. Su varita cayó entre los enormes pies del licántropo, que la piso haciéndola añicos. Llevó las garras a su propio cuello e hizo un gesto nada esperanzador: una degollación. Jack tembló. Tenía miedo. Miedo de verdad. Un miedo que no había sentido desde que vio por primera vez al Lord. Desde que había atestiguado en persona el asesinato del extranjero que lo había llevado ante él. Miedo a la muerte. Jack se arrastró hacia atrás, aún en el suelo, tratando de huir del monstruo que había asegurado llevarle a la muerte. "¿P-por qué?", preguntó con voz temblorosa. Greyback se limitó a señalar el cuerpo inconsciente de su compañero. Greyback. El líder de los hombres-lobo. Si hacías daño a uno él en persona se encargaría de acabar contigo. Claro que Jack no tenía la más remota idea de que Greyback se encontraba en el bosque. De pronto el atemorizado hombre sintió un pinchazo en la mano izquierda. Se había clavado una pequeña y afilada piedra. Un hilillo de sangre salió de la herida, llegando hasta la muñeca. Tiñendo de rojo la negra marca de su fidelidad. Aquella calavera parecía reírse de él. "¿A qué te ha llevado estar en mi lado?", parecía preguntarle burlona. Jack no tenía tiempo para pensar en la respuesta. Simplemente continuó arrastrándose mientras el lobo se iba acercando a él. Poco a poco. Sin prisas. Se relamió. Gotas de saliva se derramaron, cayendo a la seca tierra. Como lágrimas. Lágrimas como las que Jack luchaba por reprimir en sus ojos. Lágrimas contra las que le habían enseñado a luchar toda su vida. Llorar no servía de nada. Había que aniquilar el motivo de las lágrimas. Pulverizarlo. Hacerlo desaparecer. Como si pudiera hacer algo para luchar contra aquella mole de pelo y colmillos. Siquiera con su varita podría hacer algo. ¿Un Avada Kedavra? El Lord lo aniquilaría aquella misma noche. Greyback era su contacto con los hombres-lobo. Era mucho más importante que un simple mortífago, aún habiendo pasado 13 años de su vida en Azkaban por serle fiel. De repente tras de sí sonó algo. Una piedra. Una piedra rebotando. Cayendo. Miró hacia atrás y se encontró con un panorama aterrador. Un pedregoso barranco se hundía en mitad del bosque, pareciendo llegar a las mismas entrañas del planeta. La sonrisa de Greyback se ensanchó. De repente un fogonazo de luz verde iluminó la espalda de Greyback. Su cuerpo comenzó a encogerse, y el pelo pareció regresar a los poros capilares de los que había salido, hasta retomar su forma humana. Una forma humana y muerta. Jack buscó por todas partes a la persona que había lanzado el hechizo. Una varita de acebo, de aproximadamente 28 centímetros. Un rostro serio, culminando un cuerpo enorme. Albert Runcorn.
- Vaya, vaya, vaya... Hardey, ¿verdad? Que casualidad encontrarte en el sitio donde me han encomendado capturar a Greyback... - Dijo apuntando a Jack mientras en su cara esbozaba algo parecido a una sonrisa irónica y triunfal, rodeando al mortífago. - ¿Sabes? Nunca me creí tu... historia. ¿Asesinado por Umbridge? Te conocí de pequeño, ¿recuerdas? Porque yo sí. Eras el estudiante más repelente de Slytherin. Tal vez solo te ganara Lucius Malfoy en ese terreno. También le tengo ganas. El caso es que... recuerdo perfectamente que a pesar de tu pedantería eras un excelente duelista. Algo que no puede decirse de la ministra, ¿verdad? - Dijo fingiendo una cara de pena. -
- ¿Y qué me dices de ti? - Le espetó Jack en tono despectivo. - ¿Auror? Eres la vergüenza de Slytherin. Con mi Imperio hice más cosas dignas de un Slytherin que tú en toda tu carrera como funcionario. Comencé la Gran Purga. - Dijo riendo. -
- La Gran Purga ya había comenzado, imbécil. - Dijo Runcorn apretando los dientes. - ¿De verdad crees que la Ministra Umbridge es tan idiota de decirlo en público? ¡La destituirían! - Gritó. - No... la Gran Purga está siendo llevada a cabo de una manera más discreta... ¿no te has fijado en que todos los días en El Profeta anuncian desapariciones de hijos de muggles? Sí, desde luego, son los mortífagos... - Dijo entornando los ojos, irónico. - Y los que salen a la luz no son ni la centésima parte de los que "desaparecen" en realidad.
- Vaya... el sistema está corrupto... y me encanta. - Dijo Jack sonriendo. -
- Sí, lo está... pero no para ti. Me encargaré personalmente de que el dementor te bese apasionadamente. - Replicó Runcorn sonriendo mezquinamente. - Marchando. Tienes una sentencia que cumplir.
Pero Jack no se movió. Esa semana había estado a punto de morir varias veces. Demasiadas. Quizás el destino estaba mandando un mensaje. ¿Acaso merecía vivir? O mejor dicho... ¿acaso merecía la pena vivir? ¿Para qué? Vivía en un mundo de dolor... lo sabía bien, se había encargado de hacer que fuera así durante años... de repente las ganas de llorar reaparecieron. Pero esta vez no las contuvo. El salado fluido brotó y se deslizó sobre sus mejillas, empapándolas. Runcorn rió. Rió observando el dolor de Jack. ¿Merecía la pena seguir viviendo en un mundo así? No tenía nada. No tenía a nadie. Decidió hacer lo que le habían enseñado a hacer. Aniquilar el motivo de las lágrimas. Siempre había sido el mismo motivo. Pero ahora se había dado cuenta de cuál era. Se giró hacia el acantilado y dió un paso. Luego otro. Miró hacia abajo. No alcanzaba a divisar el fondo. Era lo más adecuado. Jack cerró los ojos y venció la distancia que le separaba del abismo. Sus últimos pasos. Sintió su cuerpo caer y esperó a que llegara el impacto que acabaría con todo mientras las lágrimas de su mejilla se secaban por la velocidad de la caída.